Las sombras de los Cenci — A. Tertius

Espectro de Beatriz Cenci sobre el puente de Sant'Angelo, ilustración del ciclo de Los Cenci en Librería5
Beatrice Cenci cruza el puente de Sant’Angelo con su cabeza entre las manos. Ilustración original de Librería5.

1599 · 1624 · 1857

A. Tertius

Primera publicación: Librería5, 2026.

Género: relato fantástico · terror gótico · continuación apócrifa.

Continuidad literaria: inspirado en Los Cenci de Stendhal y en la leyenda romana del fantasma de Beatrice Cenci.

Extensión: 5.164 palabras · lectura aproximada: 24 minutos.

© 2026 A. Tertius / Librería5. Reservados todos los derechos.

Nota editorial

Las sombras de los Cenci prolonga deliberadamente el desenlace del relato de Stendhal. No pretende reconstruir el proceso histórico con criterios contemporáneos: adopta como canon narrativo la versión interna de Los Cenci, incluidas su cronología, sus edades, sus descripciones y el orden del suplicio.

Los hechos sobrenaturales, el manuscrito atribuido a Bernardo y sus apariciones son ficción. El motivo de Beatrice cruzando el puente con su cabeza entre las manos procede de una tradición popular romana posterior.

Para leer primero la obra de Stendhal: buscar Los Cenci en Librería5.

«De este modo, las sombras de los Cenci marcharon bien acompañadas».

— Stendhal, Los Cenci


Relación de un manuscrito encontrado en Roma

Continuación apócrifa de Los Cenci

La relación italiana que Stendhal tradujo para narrar la tragedia de los Cenci cierra la crónica del suplicio afirmando que sus sombras marcharon bien acompañadas.

El autor se equivocaba.

Una de ellas no consiguió abandonar el puente.

Encontré la prueba durante el invierno de 1841, en un legajo sin catalogar del archivo de la iglesia de San Marcello al Corso. Había acudido allí para consultar documentos relativos a las cofradías que asistían a los condenados a muerte. Esperaba hallar nombres, gastos de cera, inventarios de hábitos, recibos de sepultureros y algunas de esas minucias administrativas mediante las cuales los hombres pretenden ordenar incluso el tránsito hacia la eternidad.

En cambio, encontré una confesión.

Era un cuaderno de treinta y dos páginas, escrito con mano desigual sobre papel oscurecido. La humedad había borrado algunas frases; otras estaban tachadas con una violencia que llegó a perforar la hoja. En la cubierta aparecía únicamente una inicial:

B.

La última página estaba fechada la noche del 10 de septiembre de 1624.

El autor decía ser Bernardo Cenci.

No puedo certificar que lo fuera. Sé que Bernardo, hermano menor de Beatrice, tenía quince años cuando fue obligado a presenciar el suplicio de su familia; sé que fue devuelto a prisión y que tres días después los penitentes de San Marcello emplearon su privilegio para liberarlo. Nada más me autoriza a atribuirle estas páginas.

Pero quien las escribió conocía detalles que ningún recopilador habría tenido interés en inventar.

He conservado su relato casi íntegro. Solo he corregido ciertos giros y he restituido algunas palabras desaparecidas. Allí donde el manuscrito resulta ilegible, he preferido el silencio.

El lector comprenderá pronto por qué.

I

Me llamo Bernardo Cenci y soy el último de los míos.

Esto es falso, naturalmente. Quedan parientes lejanos, ramas que reniegan de nuestro apellido y hombres que acaso lo transmitirán cuando yo haya desaparecido. Quiero decir que soy el último que vio juntos a Giacomo, Lucrezia y Beatrice; el último que oyó sus voces sin tener que evocarlas; el último, en fin, que contempló a Beatrice antes de que Roma sustituyera su rostro por otro.

También fui el primero que la vio después de muerta.

La mañana del sábado 11 de septiembre de 1599 fue tan calurosa que el aire parecía salir de un horno. Giacomo y yo estábamos en la prisión de Tordinona. Nos ataron las manos y colocaron delante de nuestros ojos la pequeña tabla destinada a los condenados. Él rezaba. Yo no podía hacerlo. Cada palabra que intentaba recordar se me deshacía en la boca.

Al cruzar la puerta de la prisión oí el rumor de la multitud. Roma había acudido a contemplar nuestra ruina. Las calles, las ventanas y los tejados rebosaban de curiosos; unos rezaban, otros se empujaban, y algunos vendedores ofrecían agua y fruta como si aquella mañana fuese una fiesta.

El verdugo comenzaba a desnudar a Giacomo para acomodarlo en la carreta cuando apareció el fiscal. Pronunció mi nombre y anunció que el papa me concedía la vida.

Los confortatori me retiraron la tabla de los ojos. No sentí alivio. Vi a mi hermano casi desnudo junto al verdugo y comprendí que el perdón podía ser una forma más refinada del suplicio.

Comprobaron la firma, me desataron y me envolvieron en un rico manto de paño adornado con galones de oro. Dijeron que era el mismo que Beatrice había entregado a Marzio después de la muerte de nuestro padre. Luego me hicieron subir a la carreta, al lado de Giacomo, para que acompañara a los míos y rogara por ellos.

Así recorrió Roma el muchacho al que acababan de salvar: cubierto con una prenda tomada de la escena del crimen, sentado junto al hermano que iba a morir y obligado a aceptar como misericordia el derecho a mirarlo todo.

En la plaza del puente de Sant’Angelo habían levantado un gran cadalso. Sobre él se alzaban el cepo y la mannaia. Me sentaron en un lugar desde donde no pudiera apartar los ojos.

Lucrezia fue la primera.

La vi subir con su vestido negro. Vi cómo la obligaban a arrodillarse y cómo el verdugo preparaba el hierro. Cuando todo terminó, mostraron su cabeza al pueblo y la envolvieron en el velo oscuro.

Mientras disponían nuevamente la mannaia, un estrado cargado de curiosos se desplomó. Hubo gritos y cuerpos aplastados. Algunos de quienes habían pagado o luchado por ver morir a Beatrice comparecieron ante Dios antes que ella.

Después llegó mi hermana.

Vestía el hábito de tafetán azul que ella misma había encargado, ceñido a la cintura por una cuerda gruesa. Sus cabellos rubios, naturalmente rizados, caían sobre sus ojos. Tenía dieciséis años.

Preguntó si Lucrezia, a quien llamaba madre, había muerto bien. Le respondieron que sí. Entonces rezó por ella y habló al crucifijo con una serenidad que hizo llorar incluso a algunos de los hombres que se habían abierto paso a codazos para verla.

Antes de subir al cadalso volvió la cabeza hacia mí.

No sé si me reconoció. Muchos decían que yo me parecía tanto a ella que, al verme con los cabellos largos, me habían confundido con Beatrice. Durante un instante tuve la impresión de que mi hermana se miraba a sí misma desde el otro extremo de la plaza.

Sus labios se movieron.

El clamor me impidió oírla, pero creí entender dos palabras:

—No mires.

Obedecí demasiado tarde.

Beatrice dejó sus chinelas al pie de la escalera, subió con ligereza, pasó una pierna sobre la tabla y colocó ella misma el cuello bajo la cuchilla para impedir que el verdugo la tocara más de lo necesario.

Hubo una demora. La oí invocar a Cristo y a la Virgen. Después el hierro descendió.

Su cuerpo realizó un gran movimiento.

Caí desmayado.

Más tarde me dijeron que mis confortatori necesitaron más de media hora para reanimarme. Cuando recuperé el sentido, obligaron a Giacomo a subir al cadalso. No describiré lo que hicieron con él. Baste decir que no murió bajo la misma cuchilla y que el sonido de los mazazos no se parece a ningún otro sonido de la tierra.

Me devolvieron inmediatamente a la prisión.

Aquella noche nadie me llevó alimento. Roma continuó hablando de nosotros hasta que cerraron las tabernas y los últimos curiosos abandonaron el puente. Debí de dormir, pues desperté.

La luna entraba por la ventana enrejada y dibujaba cuatro barras blancas sobre el suelo. Al principio creí que el ruido procedía del corredor. Era un sonido leve, rítmico, semejante al roce de un vestido mojado contra la piedra.

Después oí pasos.

No llegaban desde la puerta.

Subían desde debajo de la cama.

Me encogí contra el muro y recé cuanto pude recordar. Pronuncié el nombre de Cristo, el de la Virgen y el de todos los santos que conocía. Los pasos continuaron. Uno. Otro. Otro más.

Algo se detuvo al otro lado de la celda.

No levanté la mirada.

Una gota cayó sobre el suelo.

Luego otra.

No era agua. Lo supe por su lentitud.

Una voz pronunció mi nombre.

—Bernardo.

Me cubrí el rostro con las manos.

—Bernardo, mírame.

Era la voz de Beatrice, pero llegaba desde dos lugares distintos. Una parte sonaba frente a mí; la otra, mucho más baja, parecía hablar desde el suelo.

Separé los dedos.

Beatrice estaba junto a la puerta.

Vestía el hábito azul del cadalso. La cuerda continuaba ceñida a su cintura y sus cabellos rubios caían sobre los hombros. Pero bajo ellos no había cabeza. La sostenía entre las manos, apoyada contra el pecho como una madre sostiene a un niño dormido.

Los ojos de la cabeza me miraban.

—¿Qué dijiste? —pregunté.

No sé por qué fue eso lo primero que pregunté.

Los labios de Beatrice se movieron.

—Dije que no miraras.

Me desmayé.

Al despertar, la celda estaba vacía. Cerca de la puerta encontré una larga hebra de cabello rubio.

La oculté entre mis ropas.

Todavía la conservo.

II

Tres días después del suplicio, el martes 14 de septiembre, los penitentes de San Marcello hicieron valer el privilegio que poseían con motivo de la fiesta de la Santa Cruz. Me sacaron de la prisión y me obligaron a comprometer una suma inmensa en favor de la Santísima Trinidad de Ponte Sisto.

Los hombres que me acompañaron hablaban de caridad. Yo seguía oyendo los mazazos.

Un pariente lejano me recibió en su casa, más por temor a las habladurías que por afecto. Me alojaron en una habitación apartada y me prohibieron salir solo. Durante los primeros meses no ocurrió nada.

Comencé a creer que la aparición había sido una fiebre. Los médicos explicaban que el dolor altera los humores, que el exceso de calor provoca visiones y que la sangre derramada ante los ojos de un muchacho puede imprimir formas falsas sobre la imaginación.

Acepté aquellas razones porque necesitaba aceptarlas.

Sin embargo, había algo que ningún médico logró explicar.

Mi reflejo envejecía más despacio que yo.

Lo advertí una mañana mientras me afeitaban. En el espejo vi un rostro pálido, casi infantil, con grandes ojos oscuros. Durante unos instantes no reconocí al muchacho que me observaba. Después comprendí que no era yo.

Era Beatrice.

Nuestros rostros se parecían; toda Roma lo había comentado. Pero el parecido no justificaba aquello. La imagen del espejo llevaba los cabellos rubios recogidos bajo un paño claro y mostraba una marca fina, casi azulada, alrededor del cuello.

Me volví.

No había nadie detrás de mí.

Cuando miré de nuevo, vi mi propia cara.

Desde aquel día cubrí todos los espejos de la habitación. Mi pariente atribuyó la extravagancia al duelo y no hizo preguntas.

La noche del 10 de septiembre de 1600 desperté al oír campanas.

No eran las de ninguna iglesia cercana. Sonaban amortiguadas, como si estuvieran sumergidas en el Tíber. Dieron once golpes.

Después comenzó la procesión.

Escuché ruedas, cascos, cadenas y el murmullo de cientos de personas. Me acerqué a la ventana. La calle estaba vacía, pero las paredes de las casas proyectaban sombras de hombres y caballos que avanzaban hacia el río.

Una de aquellas sombras carecía de cabeza.

Me vestí y salí.

No sé por qué lo hice. Quizá la culpa es una cuerda invisible que los muertos anudan alrededor del cuello de los vivos. Quizá deseaba verla. Quizá esperaba preguntarle si nos perdonaba.

Seguí las sombras hasta el puente de Sant’Angelo.

La noche era clara y no soplaba viento. Los ángeles de piedra parecían inclinarse sobre la barandilla para contemplar el agua. Roma dormía a ambos lados del Tíber, indiferente a la procesión que atravesaba su corazón.

Beatrice estaba en mitad del puente.

Llevaba su cabeza entre las manos.

Esta vez no sentí miedo. Me acerqué hasta quedar a pocos pasos de ella.

—¿Por qué vuelves?

La cabeza sonrió.

No era la sonrisa de mi hermana. Beatrice reía a menudo cuando estaba viva, pero nunca de aquel modo. Aquella expresión pertenecía a algo que había aprendido a imitarla sin comprender del todo el gesto.

—Porque me llaman.

—¿Quién?

La cabeza giró ligeramente. Sus ojos recorrieron las ventanas, las torres y los tejados.

—Todos.

Entonces los oí.

Miles de voces susurraban su nombre.

Venían de las casas donde las madres contaban a sus hijas la historia de la joven Cenci. De las tabernas donde los hombres discutían su inocencia. De los palacios en los que los nuevos propietarios calculaban las rentas que nuestra condena había puesto en otras manos. De los conventos donde se rezaba por su alma. De las calles donde se vendían relaciones del proceso a quienes no habían logrado acercarse al cadalso.

Toda Roma la llamaba.

—¿No puedes descansar?

—No mientras recuerden mi rostro.

—Entonces te recordarán siempre.

—No. Recordarán otro.

El agua del Tíber se agitó debajo del puente. Durante un instante vi reflejada la cabeza que sostenía entre las manos.

No tenía el rostro de Beatrice.

Tenía el mío.

Retrocedí.

La aparición avanzó hacia mí.

—Todavía no —dijo.

Y desapareció.

En el lugar donde había estado quedó un pequeño charco oscuro. Me arrodillé y lo toqué. Era agua del río, aunque no había llovido y el puente se encontraba muy por encima de la corriente.

Cuando regresé a casa, retiré las telas de los espejos.

Mi reflejo tenía una línea azul alrededor del cuello.

III

Los años pasaron.

Aprendí a vivir como viven los hombres que han sobrevivido a una catástrofe: no avanzando, sino rodeándola.

Me casé. Tuve hijos. Administré lo poco que no había sido confiscado. Asistí a misas, pagué deudas, visité enfermos y procuré no levantar nunca la voz. Quienes me trataban decían que era un hombre tranquilo. Nadie comprendía que la tranquilidad puede ser también una forma del terror.

Cada noche del 10 al 11 de septiembre oía las campanas.

Cada año seguía la procesión.

Cada año encontraba a Beatrice sobre el puente.

Nunca llevaba la misma cabeza.

En la segunda aparición sostuvo la de nuestro padre, Francesco Cenci. La reconocí por la barba gris y por aquella expresión de desprecio que ni la muerte había logrado borrar.

—¿Por qué él? —pregunté.

—Porque Roma empieza a decir que fue inocente.

Otro año llevó la cabeza de Giacomo.

Después, la de Lucrezia.

Años más tarde, cuando Clemente VIII hubo muerto, vi entre sus manos el rostro consumido del papa que había ordenado nuestra ejecución. Después aparecieron jueces, testigos, criados y desconocidos. Algunas cabezas murmuraban oraciones. Otras se reían. Una me suplicó que la arrojara al río.

Nunca obedecí.

Beatrice parecía cambiar también. Al principio conservaba la figura de la muchacha de dieciséis años que había muerto ante mis ojos. Después el tafetán azul comenzó a oscurecerse. La tela se volvió más pesada, como si hubiera permanecido durante siglos bajo el agua. En algunas ocasiones, las manos que sostenían la cabeza parecían las de una anciana; en otras, las de una niña.

Solo su voz permanecía igual.

—¿Qué eres? —le pregunté una noche.

—Lo que hicieron de mí.

—Eres mi hermana.

—Lo fui.

—¿Dónde está ella?

Beatrice señaló el río.

Me acerqué a la barandilla. El agua estaba negra y quieta. Vi mi reflejo, pero el hombre que me miraba desde el Tíber no imitó mis movimientos.

Abrió la boca.

De su garganta salió la voz de mi hermana.

—Aquí.

Me aparté.

La aparición levantó la cabeza que llevaba entre las manos. Era la de una joven desconocida. Tenía los ojos cerrados y una cinta roja alrededor del cabello.

—Cada vez que cuentan mi historia —dijo Beatrice—, algo despierta.

—¿Tu alma?

—No.

—¿Tu recuerdo?

—No.

—Entonces, ¿qué?

La cabeza desconocida abrió los ojos.

—El instante.

Comprendí que no era Beatrice quien regresaba.

Era su muerte.

El segundo exacto en que el hierro descendió había adquirido forma, voluntad y memoria. Se alimentaba de cada palabra pronunciada sobre ella. Cuanto más discutían los hombres si Beatrice había sido culpable o inocente, más fuerte se volvía. Cada relación, cada grabado y cada poema añadían un detalle a su cuerpo. Roma no conservaba el espíritu de mi hermana: conservaba el instante en que su cabeza se separó del cuello.

Y aquel instante quería repetirse.

—¿Por qué me muestras esos rostros?

—Porque todos desean ocupar mi lugar.

—Nadie lo desea.

—Todos me miraron.

Recordé la multitud inclinándose hacia el cadalso. Los ojos abiertos, los cuellos estirados, las bocas entreabiertas.

También yo había mirado.

La aparición acercó la cabeza desconocida a mi oído.

—Los hombres creen que contemplan la muerte desde fuera —susurró—. La muerte los contempla desde dentro.

Después arrojó la cabeza al río.

No escuché el golpe contra el agua.

Escuché el golpe de la cuchilla.

IV

Con el tiempo comenzó a circular por Roma un retrato atribuido a Guido Reni. Se decía que el pintor había contemplado a Beatrice poco antes del suplicio y que había sabido conservar su expresión para la posteridad.

La joven del cuadro llevaba un paño insignificante sobre el cuello y una especie de turbante alrededor de la cabeza. Su rostro era dulce, hermoso y casi demasiado apacible. Los ojos, muy grandes, mostraban el asombro de quien ha sido sorprendido mientras lloraba. Los cabellos eran rubios.

Los visitantes permanecían largo tiempo ante aquella imagen. Algunos aseguraban que bastaba mirarla para convencerse de la inocencia de Beatrice. Otros encontraban en sus ojos la confesión de su crimen. Todos salían creyendo haber conocido su verdadero rostro.

Yo fui a verlo.

Permanecí ante la pintura durante una hora.

No se parecía a mi hermana.

La boca era demasiado pequeña, la frente demasiado lisa, la mirada demasiado dócil. Beatrice poseía una belleza más viva. Había en ella alegría, candidez, ingenio y también ese orgullo romano que el retrato parecía haber borrado. Sus ojos no pedían permiso para existir.

Sin embargo, cuanto más contemplaba el cuadro, más difícil me resultaba recordar su cara verdadera.

Cerré los ojos.

Vi la pintura.

Intenté reconstruir la expresión de Beatrice cuando se reía de alguna torpeza mía. Vi la pintura.

Recordé una tarde de nuestra infancia en la que corrió bajo la lluvia. Vi la pintura.

Recordé su rostro en el cadalso.

Vi la pintura.

Salí del palacio temblando.

Aquella noche no esperé a las campanas. Fui directamente al puente.

Beatrice ya estaba allí.

Entre las manos llevaba la cabeza del retrato: no la cabeza de una mujer, sino la propia tela arrancada de su marco, doblada con suavidad como si fuera una máscara.

—Esto no eres tú —dije.

—Pronto lo será.

—Yo recuerdo tu verdadero rostro.

—¿Estás seguro?

Me acerqué y levanté una mano hacia ella. Quería apartar el paño, tocar sus cabellos, encontrar alguna señal que perteneciera a la Beatrice de mi memoria.

La aparición no se movió.

Mis dedos rozaron su mejilla.

La piel estaba fría y húmeda.

Tiré.

El rostro se desprendió.

No había carne debajo. Solo una cavidad negra llena de agua. Desde el interior surgió un murmullo formado por centenares de voces. Unas aseguraban que Beatrice había sido una mártir. Otras la llamaban parricida. Algunas la convertían en santa; otras, en demonio. Cada voz añadía una versión distinta y destruía la anterior.

Busqué entre ellas la voz de mi hermana.

No la encontré.

Beatrice colocó la máscara del retrato sobre el hueco vacío. La tela se adhirió a la oscuridad y adquirió volumen. Cuando volvió a mirarme, poseía el rostro que Roma había elegido para ella.

—¿Ves? —dijo—. Ya casi he desaparecido.

Sentí una desesperación más profunda que el miedo.

Mientras yo viviera, todavía existiría en el mundo alguien capaz de recordar a Beatrice como había sido. Cuando muriera, solo quedarían el proceso, la pintura, las canciones y la aparición del puente.

La verdadera Beatrice moriría entonces por segunda vez.

—Dime qué debo hacer.

—Olvidarme.

—No puedo.

—Entonces ven conmigo.

Extendió la mano.

Durante un instante estuve a punto de tomarla.

No lo hice.

Detrás de mí sonó una voz infantil.

—Padre.

Me volví.

Mi hijo mayor estaba al comienzo del puente. Me había seguido. Tenía diez años y me observaba con una mezcla de temor y curiosidad.

Cuando miré nuevamente hacia Beatrice, la aparición había desaparecido.

Mi hijo corrió hasta mí.

—¿Con quién hablabas?

—Con nadie.

—Había una mujer.

—No.

—Llevaba algo en las manos.

Lo sujeté por los hombros.

—Escúchame. Nunca vuelvas aquí durante esta noche.

El muchacho miró hacia el lugar donde había estado Beatrice.

—¿Era la tía?

No le había hablado jamás de ella.

Comprendí entonces que la aparición ya no necesitaba mi memoria.

Había encontrado otra.

V

Intenté abandonar Roma.

Llevé a mi familia primero a Florencia y después a una propiedad próxima a Siena. Creí que la distancia debilitaría el vínculo. Pero las campanas sonaban dondequiera que estuviese.

En Florencia vi la sombra del Castel Sant’Angelo proyectada sobre el Arno.

En Siena, la procesión atravesó una noche nuestra casa. Las figuras pasaron a través de los muros y continuaron avanzando sobre las camas. Mi esposa no despertó. Mis hijos sí.

Ninguno volvió a hablar de aquello.

Comprendí que la aparición no pertenecía a Roma.

Roma pertenecía a la aparición.

Regresamos.

Mis hijos crecieron. Uno murió de fiebre; el otro abandonó Roma y formó su propia familia lejos de mí. Mi esposa falleció durante el invierno de 1621. La enterré sin lágrimas, porque había agotado todas las que me correspondían muchos años antes.

Quedé solo.

Entonces comenzaron los sueños.

En ellos me encontraba de nuevo sobre el cadalso. Beatrice avanzaba hacia la cuchilla, pero cada vez que el verdugo levantaba el hierro era mi propia cabeza la que aparecía sobre la tabla.

Despertaba tocándome el cuello.

Al principio notaba únicamente el pulso acelerado. Después empecé a encontrar una hendidura bajo la piel. Era una línea fina que rodeaba completamente mi garganta.

Los médicos hablaron de una irritación. Me aplicaron ungüentos, sangrías y cataplasmas. Nada sirvió. La marca se hizo más profunda.

Una mañana descubrí que podía introducir la uña en ella.

No sangraba.

Debajo de la piel no había carne.

Había agua.

Dejé de acudir a los médicos.

También dejé de mirar mi reflejo. Ya no era necesario cubrir los espejos; ninguno me mostraba. En su superficie aparecía siempre el puente de Sant’Angelo, incluso a plena luz del día. Veía el río, los ángeles inmóviles y una figura aguardando en el centro.

A veces sostenía una cabeza.

A veces no.

Comprendí que esperaba la mía.

He intentado recordar el rostro verdadero de Beatrice antes de escribir estas páginas. Solo consigo evocar fragmentos: la curva de una ceja, un lunar junto a la oreja, la forma en que apretaba los labios cuando estaba irritada. Pero al reunirlos aparece siempre el rostro del cuadro.

Roma ha vencido.

La leyenda ha devorado a la mujer.

Mañana será 11 de septiembre de 1624.

Esta noche iré al puente por última vez.

Llevaré conmigo este cuaderno.

Si regreso, lo quemaré.

Si alguien lo encuentra, le suplico que no lo copie, que no lo publique y que no pronuncie el nombre de mi hermana junto al río.

Los muertos no regresan.

Las historias sí.

Y algunas historias regresan hambrientas.

VI

Hasta aquí llegaba la escritura regular del manuscrito.

Las páginas siguientes estaban cubiertas por frases breves, trazadas con una tinta más oscura y una letra casi irreconocible.

Las transcribo en el orden en que aparecen:

Las campanas han comenzado antes.

No vienen de las iglesias.

Vienen de debajo del agua.

La procesión está en la calle.

No hay nadie en la calle.

Lleva mi rostro.

Dios me perdone.

Beatrice no tiene cabeza.

Beatrice nunca tuvo cabeza.

Nosotros se la dimos.

Después, en la última hoja, aparece el relato de lo sucedido aquella noche.

VII

He llegado al puente.

Roma duerme.

No hay luna. El río parece una larga abertura practicada en la tierra. Los ángeles de mármol sostienen sus instrumentos de martirio y vuelven el rostro hacia mí.

La procesión ocupa ambas orillas.

Veo a los muertos de aquella mañana: los hombres asfixiados, las mujeres vencidas por el calor, los curiosos aplastados al derrumbarse el estrado y cuantos cayeron bajo los caballos cuando la multitud comenzó a dispersarse. Todos conservan los ojos fijos en el centro del puente.

Todos esperan.

Beatrice aparece junto al castillo.

No camina.

El puente se desliza bajo sus pies.

Su vestido fue azul alguna vez, pero ahora parece negro y está empapado. De las mangas cae agua. Lleva mi cabeza entre las manos.

El rostro tiene los ojos cerrados.

Me acerco.

—He venido.

Los ojos de la cabeza se abren.

—Siempre estuviste aquí.

—Devuélveme a mi hermana.

—No la tengo.

—Entonces, ¿qué has hecho con ella?

—Lo mismo que tú.

La aparición me ofrece la cabeza.

No quiero tomarla, pero mis brazos se levantan. El objeto pesa menos de lo que esperaba. Su cabello es el mío. Sus párpados tiemblan.

Beatrice se retira el paño de la cabeza.

Debajo no hay vacío.

Está mi hermana.

No la pintura. No la mártir de los poemas. No la parricida de los jueces. Beatrice tal como era antes de que el miedo se instalara para siempre en nuestra casa.

Sonríe.

Ahora recuerdo.

Recuerdo su risa. Recuerdo la rapidez de sus respuestas y sus manos manchadas de tinta. Recuerdo que dejaba una vela encendida porque detestaba despertar en la oscuridad. Recuerdo que una vez me defendió de nuestro padre y recibió por mí un golpe que le abrió el labio.

Recuerdo que era una mujer.

No un retrato.

No una causa.

No una leyenda.

—Beatrice.

—Bernardo.

—¿Eres tú?

—Lo fui.

Miro la cabeza que sostengo.

Los labios se mueven.

—No la escuches.

Es mi propia voz.

—Quiere que ocupes su lugar.

Beatrice se acerca.

—Déjala caer al río.

—¿Qué ocurrirá?

—Terminará.

—¿Para quién?

No responde.

La cabeza que llevo entre las manos comienza a llorar.

—Bernardo, no lo hagas.

La voz es mía y, sin embargo, siento que el miedo que contiene pertenece a otro hombre: a un hombre que todavía desea vivir, aunque ya no sepa para qué.

Me acerco a la barandilla.

Debajo, el Tíber está lleno de rostros.

Miles de cabezas flotan con los ojos abiertos. Algunas son antiguas; otras pertenecen a personas que todavía no han nacido. Todas murmuran historias sobre Beatrice. Cada una cuenta una versión distinta. Cada una exige ser escuchada.

Comprendo.

El río no transporta agua.

Transporta memoria.

La aparición no cruza el puente para recordar su muerte. Cruza para recoger las cabezas de quienes la cuentan. Cada narrador añade su rostro a la leyenda y pierde algo de sí mismo. Un día nadie recordará a Beatrice, pero la historia poseerá los rostros de todos.

—¿Por qué yo? —pregunto.

—Porque fuiste el primero que miró.

—No. La plaza estaba llena.

—Fuiste el último al que miré yo.

La cabeza que sostengo grita.

La arrojo.

Cae hacia el río, pero antes de tocar el agua la cuchilla desciende en algún lugar detrás de mí.

Escucho el golpe.

El mundo gira.

Durante unos instantes veo el puente desde dos lugares diferentes. Mi cuerpo permanece junto a la barandilla. Mi cabeza cae hacia la corriente. Beatrice la recibe antes de que se hunda.

Ahora me sostiene entre sus manos.

No siento dolor.

Solo una claridad terrible.

Desde aquí veo la verdad.

Beatrice no fue quien vino a buscarme la primera noche.

Fui yo quien comenzó a seguirla.

No ha repetido su camino durante veinticinco años.

Lo he repetido yo.

Cada aniversario me acerqué un poco más al instante de su muerte. Cada palabra que pronuncié sobre ella afiló la cuchilla. Cada recuerdo construyó el cadalso.

No fue Roma quien creó el fantasma.

Fui yo.

Mi culpa necesitaba que Beatrice continuara sufriendo para no admitir que yo había sobrevivido.

—Perdóname —digo.

Ella acerca mi cabeza a su pecho.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque no soy Beatrice.

La figura levanta el rostro.

La piel se abre como una tela mojada.

Debajo aparecen todos los rostros que ha llevado: Francesco, Giacomo, Lucrezia, Clemente, los jueces, los criados, los curiosos, los pintores y los poetas. Se superponen y se devoran unos a otros. El último es el mío.

La aparición cruza el puente.

Yo voy con ella.

Al llegar al otro extremo, las sombras de la multitud se inclinan.

Comprendo que no le rinden homenaje.

Están esperando su turno.

VIII

El manuscrito terminaba allí.

Durante varios días investigué cuanto pude averiguar sobre Bernardo Cenci. Las fuentes confirmaban que había sido obligado a presenciar el suplicio, que fue devuelto a prisión y que los penitentes de San Marcello obtuvieron su libertad tres días después. Una adición posterior aseguraba incluso que de él descendían otros Francesco y Bernardo Cenci.

Nada demostraba que hubiera escrito aquellas páginas.

Nada demostraba tampoco que no las hubiera escrito.

Decidí no publicarlas.

Guardé el cuaderno entre mis papeles y abandoné Roma poco después. Durante años apenas pensé en él. La historia de los Cenci continuó creciendo sin mi ayuda. Aparecieron nuevas pinturas, poemas, dramas y relaciones. Cada generación encontró en Beatrice aquello que deseaba encontrar: una santa, una asesina, una rebelde, una víctima, una amante, una hija monstruosa o un ángel sacrificado.

Yo no añadí nada.

Hasta la noche del 10 de septiembre de 1857.

Me encontraba nuevamente en Roma. Había regresado por razones que ya no importan. Después de cenar salí a caminar sin recordar la fecha. El aire era cálido y el cielo estaba cubierto. Mis pasos me llevaron hacia el Tíber.

Al acercarme al puente oí campanas.

Dieron once golpes.

Pensé en el manuscrito de Bernardo y me avergoncé de mi inquietud. Habían pasado dieciséis años desde que lo encontré. Yo era un hombre razonable, educado en el examen de documentos y enemigo de las supersticiones. Sabía que las historias de aparecidos nacen de la niebla, del vino y de la necesidad humana de convertir el sufrimiento en espectáculo.

Subí al puente.

No había nadie.

Las estatuas de los ángeles se recortaban contra el cielo. El Tíber corría bajo mis pies con su acostumbrada indiferencia.

Entonces vi una figura junto a la barandilla.

Era una joven vestida con un hábito azul tan pálido que parecía blanco bajo la noche.

No llevaba nada entre las manos.

Me acerqué.

—Señora, ¿necesita ayuda?

La mujer volvió lentamente la cabeza.

Reconocí el rostro.

No era el de Beatrice.

Era el mío.

Mi propio rostro, más joven, tal como aparecía en un retrato pintado muchos años atrás. La figura sonrió y extendió hacia mí las manos vacías.

—Todavía no —dijo.

Retrocedí.

La joven se apartó de la barandilla y comenzó a caminar hacia el castillo. La seguí con la mirada hasta que desapareció entre las sombras.

Solo entonces comprendí que sus manos no estaban vacías.

Sostenían algo que yo no podía ver porque aún permanecía sobre mis hombros.

Regresé a mi alojamiento y abrí el baúl donde guardaba el manuscrito.

En la cubierta ya no aparecía únicamente la letra B.

Debajo habían surgido dos iniciales escritas con tinta fresca:

A. T.

Las mías.

Quemé el cuaderno.

O creí quemarlo.

Vi cómo las llamas consumían las páginas. Vi ennegrecerse la confesión de Bernardo. Vi deshacerse las últimas palabras hasta convertirse en ceniza. Después recogí los restos y los arrojé al Tíber.

A la mañana siguiente, el manuscrito estaba sobre mi mesa.

Abierto por una página que nunca había leído.

Solo contenía una frase:

Las historias no pertenecen a quienes las escriben, sino a aquello que aprende a vivir dentro de ellas.

Desde entonces, cada año, la noche del 10 de septiembre, despierto al sonido de campanas sumergidas.

No he vuelto al puente.

Pero el puente viene a mí.

Aparece en los espejos, en las ventanas oscuras y en la superficie del vino. A veces, mientras escribo, veo una sombra inmóvil detrás de mi silla. No necesito volverme para saber que sostiene una cabeza entre las manos.

He comprendido por fin por qué el manuscrito quiso ser encontrado.

No buscaba advertirme.

Buscaba un continuador.

Bernardo contó la historia y la historia tomó su rostro. Yo la leí y tomó el mío. Ahora usted ha llegado hasta estas líneas.

Tal vez crea que puede cerrar el libro y marcharse.

Bernardo también lo creyó.

Yo también.

Pero antes de hacerlo, acerque una mano a su cuello.

Despacio.

¿Nota esa línea más fría bajo la piel?

No se alarme.

Todavía no.

A. Tertius


Continuidad con el relato de Stendhal

Edad y apariencia: Beatrice tiene dieciséis años, es baja, de formas redondeadas, con boca pequeña, hoyuelos y cabellos rubios naturalmente rizados. Bernardo se parece tanto a ella que parte del público lo confunde con su hermana.

Vestuario: Beatrice comparece con un hábito de tafetán azul ceñido por una cuerda; Lucrezia, con un vestido negro.

Orden del suplicio: Giacomo y Bernardo salen juntos de Tordinona. Bernardo recibe el indulto, pero debe acompañar a la familia. En el cadalso muere primero Lucrezia, después Beatrice y finalmente Giacomo, ejecutado a mazazos. Bernardo se desmaya tras la muerte de Beatrice y es devuelto a prisión.

Liberación: los penitentes de San Marcello emplean su privilegio el 14 de septiembre de 1599 para sacar a Bernardo de prisión, imponiéndole una obligación económica en favor de la Santísima Trinidad de Ponte Sisto.

Retrato: el relato utiliza la descripción que Stendhal hace del retrato atribuido a Guido Reni: paño sobre el cuello, cabeza cubierta, mirada dulce y apacible, ojos grandes sorprendidos durante el llanto y cabellos rubios.

Licencia fantástica: la frase final sobre «las sombras» se convierte en el punto exacto de enlace con la leyenda del espectro que vuelve la noche del 10 al 11 de septiembre.

Ficha bibliográfica

Autor: A. Tertius.

Título: Las sombras de los Cenci.

Primera publicación: Librería5, 2026.

Lengua original: español.

Género: relato fantástico y terror gótico.

Obra antecedente: Les Cenci, de Stendhal, publicado en 1837 y ambientado en los acontecimientos de 1599.

Firma literaria: A. Tertius.

Texto antecedente: Stendhal, Los Cenci, traducción y edición de Librería5. Localizar la obra en Librería5.

Leyenda romana: la tradición popular sitúa la aparición de Beatrice en el puente de Sant’Angelo durante la noche del 10 al 11 de septiembre, con su cabeza decapitada entre las manos. Consultar Turismo Roma.

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